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Fermín Garcés, el primer hombre que se enfrentó desarmado a un comando de ETA

Nacional, 17 de abril de 2018.- Ocurrió hace 50 años en la localidad guipuzcoana de Villabona. Hay momentos en los que una persona, sin saberlo, se enfrenta a su existencia. En el caso de Fermín Garcés Hualde, además, asumía el devenir de un país. Presenció el primer crimen mortal de ETA. La víctima, el guardia civil José Antonio Pardines. Fermín, entonces camionero, no lo dudó. Se precipitó sobre los dos asesinos -Iñaki Sarasketa y Txabi Etxebarrieta- y agarró a uno de ellos por la solapa: “¡Quietos, asesinos, quietos ahí!”.

Los etarras, manchada su alma tras arrancar la vida a otro hombre, le encañonaron con su pistola. Consiguieron escapar, pero el valor del camionero fue crucial para dar con los criminales. “Estoy vivo de milagro”, sostiene hoy el protagonista de esta historia, en unos recuerdos intactos al paso del tiempo.

-“¡Es que lo estoy viendo!”.

Fermín Garcés, a sus 86 años, viste tricornio, orgulloso uniforme de guardia civil -“¡Cada día me va más grande!”- y un caminar saltarín. Sonríe hasta con los ojos cuando habla de los buenos tiempos, de los años que ha pasado en el Instituto Armado; vocación tardía, descubierta al enfrentarse a aquellos asesinos. Se estremece cuando la memoria le lleva al 7 de junio de 1968, fecha de la que pronto se cumplirán 50 años y que arrancan estas líneas.

Entrevista al guardia civil Fermín Garcés Jorge Barreno
¿Qué era ETA por entonces? Difícil que nadie lo supiera. Apenas habían perpetrado algunos sabotajes y sus manos aún no estaban llenas de sangre. Aquellas siglas, como para la mayoría, no le decían nada a Fermín. Bastante tenía con sacar adelante una familia.

Fermín Garcés estaba curtido en la escasez. “Para comer o beber hacía falta sacrificio”, recuerda de su infancia. Valtierra (Navarra, 2.600 habitantes en esas fechas) acogió sus primeros pasos. Nació en el seno de una familia trabajadora: campos, rebaños, una tienda familiar. Pobres remiendos para llegar a fin de mes. Su padre, enfermo de cáncer, murió cuando él tenía 12 años.

“Toma, Fermín. Coge la bicicleta y vete a cobrar”, le decía su madre. Con una lista de adeudados de su tienda, el niño recorría el pueblo para reunir unas perrillas que nunca eran suficientes. Tercero de seis hermanos, enseguida empezó a trabajar. No le quedaba otra, lo mismo que a la mayoría de sus vecinos. Más campo, más rebaños, más tienda familiar.

Pasaron los años y Fermín asentó los cimientos de su vida. Se casó, tuvo dos hijos -Ángel Mari y Carmen Pilar- y buscó prosperidad en el sector de los transportes. Su hermano mayor, Julián, le enseñó a conducir. Pronto encontró trabajo en la empresa Mina, con sede en Pamplona.
Esos recuerdos son los de la sonrisa con los ojos, imprescindibles para comprender qué ocurrió aquel 7 de junio de 1968.

“¡Quietos, asesinos!”
Jornada clara en un veranillo que se vestía de manga corta. No hacía frío, ni calor. No era un día soleado, tampoco excesivamente nublado. La fatalidad, lobo con piel de cordero, se cubrió de aparente apatía para sacudir con fuerza. Fermín Garcés, hoy en una cafetería del barrio madrileño de Tetuán -donde reside-, recita de carrerilla aquellos acontecimientos.

“Viajaba con mi camión desde Francia, con un cargamento de maíz rumbo a Alcorcón (Madrid). Era un camión viejo, un Pegasus verde de tres ejes. Tan viejo que sólo podía viajar al atardecer o de noche para que no se calentase demasiado el motor. Al llegar a San Sebastián nos desviaron por Villabona. Había obras en la carretera y unos guardias civiles dirigían el tráfico. ¡Cagoen…! Yo llevaba dos toneladas de más de maíz de las permitidas para sacar más beneficio de aquel viaje. ¡Me daba miedo que me parasen y lo viesen!”.

El camionero se encontró con un guardia civil, Félix de Diego, que controlaba el acceso al tramo de la N-I en obras. Le permitió pasar sin mayores contratiempos. Fermín mantuvo la respiración, inquieto por la sobrecarga de su camión, y prosiguió su camino. Al cabo de un kilómetro se encontró un segundo control del Instituto Armado, tan rudimentario como el primero. Era el guardia civil José Antonio Pardines, que había cruzado su moto para dar el alto a los vehículos.

Ilustración de Juan luis Folgado publicado en el libro `Historia de un desafío´ (Editorial Península) del encuentro entre los etarras y Pardines en Villabona.
“Estábamos a la altura de una yesería. Pardines estaba mirando el motor de un Coupé 850 blanco. El coche tenía unas matrículas que no eran las suyas, aunque yo eso no lo sabía. De repente… ¡PUM! -Garcés se estremece en la butaca de la cafetería, rostro serio y mirada turbada-. Pensé que había sido el ballestín de mi camión. Al mirar, vi a aquellos dos -Sarasketa y Etxebarrieta- que le disparaban otras cuatro veces en el suelo”.

Sarasketa, en una entrevista publicada en El Mundo, relató cómo fue el encuentro con Pardines. Según él, el guardia civil pidió la documentación del coche al advertir algo extraño en sus matrículas. Los etarras salieron del coche mientras el agente comprobaba la numeración del motor. “Algo no coincide”, dijo. Etxebarrieta sacó la pistola y le descerrajó los disparos. “[Etxebarrieta] había tomado centraminas y quizá eso influyó”.

Esa es la versión de Sarasketa, claro. Porque los informes policiales detallan que la víctima recibió el impacto de las balas de dos pistolas diferentes, de un calibre que encajaban con las armas de los dos etarras. Así lo detalla el libro Historia de un desafío (editado por Península).

Las pistolas de Etxebarrieta y Sarasketa. Foto de la Guardia Civil, incluida en el proyecto `Historia de un desafío´(Editorial Península).
Volvamos a Fermín. Se abalanzó al exterior de su camión. Ahora no es capaz de entender de dónde sacó el valor para echarse a correr sobre aquellos asesinos. Salvó la distancia que había hasta los asesinos y agarró a Sarasketa del hombro: “¡Quietos, asesinos, quietos aquí”.

“¿Y qué podría haber hecho si se hubiesen quedado ahí?”, recuerda ahora el camionero. Los etarras respondieron con una amenaza mortal. “Me apuntaron con un arma como un demonio de grande”. Echaron abajo la moto de Pardines y escaparon a bordo de su vehículo.

Fermín se retuerce: “Parece que le esté viendo ahora [a Pardines]… ¡Uf! Lo siento mucho, me pongo malo. Echaba sangre por la boca… ¡Lo mataron por nada! ¡Él no había hecho daño a nadie!”.

La persecución
El camionero no se quedó parado. Se fue hasta su camión y vio que, tras él, se agolpaba una decena de vehículos, llegados en el transcurso de los acontecimientos. “Mira, vete un kilómetro allí que hay un guardia civil de servicio y dile que han matado a su compañero”, le dijo al primero. “¡Vamos a seguir al coche que se acaba de ir para ver las matrículas! O al menos a llamar al puesto de la Guardia Civil más cercano”.

No sabían que estaban persiguiendo a miembros de ETA. Al poco alcanzaron una empresa papelera y Fermín se bajó del coche. Entró en las oficinas y pidió un teléfono: “¡Tengo que hablar con la Guardia Civil!”. El portero le pasó el aparato. Al otro lado sonaba la voz de un agente destinado en el puesto de Tolosa: “Mire -dijo Fermín-, soy camionero y han matado a uno de sus compañeros. Eran dos chicos jóvenes y se han ido en dirección a Tolosa”.

Los acontecimientos se precipitaron en ese momento. Sarasketa y Etxebarrieta se refugiaron en casa de un cómplice en Tolosa, de nombre Eduardo Osa. Su obsesión pasaba por salir del municipio: la Guardia Civil debía de pisarles los talones y no tardarían en descubrir su vehículo semiabandonado junto al restaurante Benta Haundi.

Los dos asesinos y su cómplice salieron escopeteados a bordo de un Seat de color limón. Al poco los interceptó una patrulla de la Guardia Civil. Los agentes les dieron el alto e inmediatamente los identificaron como los criminales que habían matado a Pardines.

La balanza cayó de un lado en cuestión de décimas de segundo. Uno de los guardias civiles desenfundó rápido y disparó a Etxebarrieta, quien también desenfundaba su pistola, presto a matar. El etarra cayó malherido. Sarasketa se echó al monte vaciando su cargador contra los agentes, aunque no impactó sobre ellos. El colaborador, Eduardo Osa, fue detenido.

Sarasketa alcanzó otra localidad cercana, Régil, en su precipitada huida. Pidió ayuda al cura del pueblo, que le dio cobijo en la iglesia. Allí pasó la noche. A la mañana siguiente fue descubierto por el sacristán y los vecinos acudieron alarmados. También la Guardia Civil, que lo capturó.

Fermín identifica al asesino
¿Qué fue de Fermín Garcés? Un compañero se llevó su camión a Pamplona. Él también fue hasta allí a bordo de un camión al que la Guardia Civil dio el alto. Un trayecto tenso, puesto que el conductor del vehículo lamentaba las noticias que corrían como la pólvora. No por la muerte de Pardines, sino por la de Etxebarrieta, que no había sobrevivido a las heridas.

Fermín guardó silencio hasta alcanzar la capital navarra, donde ya no pudo contenerse más: “¿Pues sabes quién soy yo? El camionero que se enfrentó a los de la ETA”. “¡Pues si lo sé no te cojo!”, respondió su compañero de viaje.

A los tres días, Fermín fue requerido por la Guardia Civil. En dependencias del Instituto Armado en el País Vasco identificó, entre varios sospechosos, a Iñaki Sarasketa. Tras un consejo sumarísimo, el etarra fue condenado a cadena perpetua. En 1977, con la amnistía general, quedó en libertad.

Entrada en la Guardia Civil
Fermín Garcés había sobrevivido a unos acontecimientos que le podían haber costado la vida: “¡Vivo de milagro!”. “Llevé el camión cargado de maíz a Alcorcón pasados unos días”, recuerda. Al poco recibió una llamada. Antonio Cores Fernández de Cañete, director de la Guardia Civil, quería reunirse con él.

“Me ofreció un camión nuevo y una recompensa, pero yo le pedí trabajo de guardia civil”. Fermín había encontrado su vocación y se encontró con las puertas abiertas: “¡Esto está hecho! Así estamos más tranquilos, de que estés cerca”.

“Mi vida en el Cuerpo… donde quiera que iba decían: ‘¡Este es el de la ETA! Hombre, encantado de conocerte’. Estuve destinado en el cuartel de Príncipe de Vergara (Madrid) como mecánico. También hacía mis guardias. Era muy feliz, aunque sufría mucho cada vez que había un atentado y mataban a un compañero. Como el día de la bomba de República Dominicana [14 de julio de 1986, 12 guardias civiles muertos]. Estaba regando las plantas del taller cuando… ¡Bumba! Fuimos allí y… qué horror. Una pesadilla”.

Fermín lo siente en lo más profundo, ahora en un parque de Tetuán. Viste el verde por dentro y por fuera. Mantiene el porte castrense, se enfunda el tricornio y tira el bastón a un lado para las fotografías.

-Oiga, ¿y eso qué tiene en el uniforme, qué es?

-La Cruz del Mérito con distintivo rojo.

Distinción orgullosa ante grandes proezas.

Su mayor satisfacción
Aquellos acontecimientos fueron el aldabonazo a una historia cruel, en la que el terrorismo secuestró a una sociedad temerosa de sus zarpazos. Más de 800 muertos. Secuestros. Extorsión. La serpiente de ETA fagocitaba todo a su paso. El entorno de la banda adjetivó la historia de Etxebarrieta y Sarasketa hasta los altares heroicos. Auténticos gudaris, a su entender.

La Guardia Civil, apenas sin medios para hacer frente al terrorismo en 1968, terminaría siendo punta de lanza contra los asesinos; hombres y mujeres que pagaron con sus vidas la lucha contra ETA. Un recorrido en el que Fermín Garcés se convirtió en uno de sus estandartes.

-Esa Cruz del Mérito será uno de sus mayores orgullos, ¿verdad?

-Sí… Bueno, no. Mi mayor satisfacción es que mi nieta, Irene, haya entrado también en la Guardia Civil. Y mis otros dos nietos también están en la academia.

Con su acento navarro, Fermín se despide: “Gracias, majo”. Sonríe con los ojos, recoge su bastón, y se marcha con su historia a cuestas. La historia de su vida, pero también la del principio y del fin de ETA.

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