AGUAS. En los meandros de la memoria

Aguas: corrientes o quietas, en el hogar, en la lúdica o en trágicos acontecimientos que ocasionan angustia y pérdidas humanas.

Historias relacionadas con el vital elemento.

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Foto de archivo suministrada por el director del Periódico El Ansermeño, señor Alfonso Noreña (q.e.p.d.).

Viajé a Anserma Caldas, mi pueblo natal, para escuchar relatos suspendidos en la memoria de uno de mis coterráneos, con quien había concertado semanas antes la entrevista.

La pretensión de publicar esas narraciones ahora es que el lector pueda también ir a bucear en las madreviejas y meandros de su cerebro para reencontrarse, asombrado, con sus propias experiencias, con personajes y pasajes que tal vez creyó olvidados para siempre; después de revivir y renombrar esos sitios o lugares donde tuvieron ocurrencia, llegue a comprender cuánto valor tienen, pues forman parte de su historial como humano.

2012. Mes de los vientos y las cometas. Temprano me dirigí a la Terminal de transportes en Manizales y subí a un taxi, en lugar de hacerlo en bus como es mi mayor costumbre al viajar. Ligera de equipaje pero con todos los implementos necesarios e imprescindibles para el oficio <cámara, grabadora, libreta de apuntes>, pasaría en Anserma Caldas sólo una noche. El objetivo era claro y la entrevista que allí tendría se había pactado con antelación.

—En taxi el viaje es más directo y en menor tiempo y esto favorece a todos. — recuerdo que lo dijo en voz alta el joven de unos treinta años, de rostro casi cuadrado, donde resaltaban unos ojos oscuros y una nariz como de boxeador, que ocupaba el asiento del lado del conductor.

Puesto en marcha el vehículo, los últimos edificios de la ciudad lo despidieron y fue a que le recibiera el verde matizado de la ruralidad. El paisaje abierto, para mis ojos, dejó ver en algunos trechos de la montaña arroyos cristalinos bañando las laderas.

Igualmente observé de manera consciente y clara que la vocación y el uso de las tierras cafeteras ha cambiado dramáticamente, y surgieron en mí dos inquietas preguntas: ¿por qué se ha llamado a esto ―Paisaje Cultural Cafetero‖, cuando del producto casi nada queda? ¿Volverá acaso a ser el café el renglón principal de la economía, como lo era en el pasado? Y escuché en mi cerebro las obvias respuestas frente a la evidencia.

Ahora se trazan y se abren vías internas en las mejores tierras agrícolas para disponer en ellas halagadores paisajes y estancias de turismo, o para condominios de gentes con ingresos.

El lujo y el derroche han permeado lo rural sin alcanzar a ocultar la desigualdad de clases que se pone de manifiesto en sitios puntuales de la ruta.

Caminos y senderos se convierten de la noche a la mañana en vías para el ingreso de automotores hasta las casas campesinas de pequeñas parcelas, a las que se anexan o dotan plazoletas y pequeñas terrazas para que sus moradores engrosen el grupo de comerciantes en la novísima economía de turismo rural.

En el taxi, las dos personas que iban conmigo en la parte de atrás del carro, de edades difíciles de calcular no sólo por su raza, sino porque se ve que enfrentaban una vida expuesta al sol y a las inclemencias del tiempo, no dialogaban, parecían ir cada uno metido en sus propios pensamientos; sólo cuando les formulé unas pocas preguntas circunstanciales me miraron directo a los ojos y quien respondió, dejó expuesta su dentadura completa y sana.

En la carretera, antes de que se aviste el Río Cauca, un aviso recientemente instalado en esta ruta, que ahora se denomina ―Corredor turístico‖, se le anuncia al viajero que entra a ―El cañón del Cauca‖. Ante los ojos exploradores aparecen los escalofriantes abismos por donde en años pasados se precipitaron vehículos de transporte público y privado de pasajeros, sin que, en la mayoría de las veces se diera siquiera oportunidad para el rescate de víctimas.

El Río Cauca con su turbulento color achocolatado, en épocas no tan lejanas se vio rojizo, y no siempre lo fue por razón de los accidentes de tránsito vehicular.

Recientemente afluentes importantes de los Departamentos de Caldas y de Risaralda, han vuelto a convertirse en embarque propicio para el traslado de horrendos espectáculos hasta otros lugares, lo cual nos remite a un pasado que parece cada día imposible de superar.

Apenas se va a entrar al corregimiento Arauca, en ese lado izquierdo de la vía por donde corre el Río Cauca, la mayoría de las casas existentes se muestran a punto de perder equilibrio, para ir a sumergirse en aquellas aguas oscuras y torrentosas; premonición de hace mucho, tal como lo advierte hoy la inclinación que exhiben las construcciones, que irremediablemente en su caída arrastrarán otras más de aquellas que sin saberse cómo, han sido construidas en la empinada y peligrosa pendiente que se ve por entre los túneles dejados entre unas y otras edificaciones para el tránsito de moradores.

Entrada perpendicular de tenebroso albur, pero ―La necesidad tiene cara de perro chandoso‖, dice una expresión popular; aquí, es poner en manos del azar cada segundo del transcurrir de la existencia.

Al traspasar el puente levantado sobre el afluente del río Cauca, que une el corregimiento Arauca al Municipio de Risaralda Caldas, se avistan en sus riberas a la margen derecha, humildes casuchas habitadas; otro reto o desafío de la miseria a la natural potestad de las corrientes del Cauca.

Hacia el otro lado del puente, pequeñas canoas amarradas a estacones en la orilla, muestran sus luchas fatigadas y ansiosas por emprender viaje, sin guía y sin rumbo fijo. Ese día no había pescadores, bañistas ni escombros, como sí los he visto en otros de mis desplazamientos por esta carretera.

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Margen izquierda del Río Cauca en Arauca. Foto de Amali (2012)

Tampoco evidencia el piélago arrastre de elementos o materiales de construcción producto de inundaciones acaecidas en su recorrido, que suelen verse pasar en un viaje obligado y sin destino definido por las aguas del Cauca, ya de suyo sucias y contaminadas por la minería.

Cruzamos el puente que da paso sobre la quebrada Las Margaritas, sitio frecuentado por familias y amigos para su baño en aguas corrientes. Alguna vez confundí el sitio y dije que era Tareas, siendo así que tanto la quebrada como el sitio de baño, Tareas, se encuentran es en la vía a Neira, por el Norte de Caldas. En la fecha no hay bañistas que disfruten del charco que se forma casi debajo de este puente de la Quebrada. Sus corrientes, antes abundantes y cantarinas, como tantas otras, ahora son apacibles, sin embargo, invitadoras a un chapuzón que mitigue el sofoco por el calor del día.

Al costado derecho de la vía hay una Subestación de la policía de Caldas. En años no tan lejanos, por poco el bus en que viajaba coincide con una refriega sostenida por la autoridad y algunos insurgentes que frecuentaban la zona. No pasó del cruce de disparos, por fortuna, pero nos alarmó.

En Risaralda Caldas, antes de entrar al municipio se construyó un amplio mirador, para el delectar de la mirada en el paisaje con montañas y hondonadas que extasían por sus incontrastables verdes; mirador desde el cual, si se hace acompañar de un representante o fortuito historiador natural, le llevará en un recorrido concreto y meticuloso por cada uno de los lugares que desde allí se avizoran. Este mirador ofrece suficientes plazas para la atención en la gastronomía y las bebidas que demanden parroquianos y turistas.

La vía arteria vehicular atravesaba el municipio de Risaralda Caldas en ambos sentidos. Actualmente se ha buscado independizarla, no sólo fuera de la municipalidad, sino desviando el tráfico hacia los barrios altos o veredas, para dar enfoque turístico a esos lugares que eran comunidades aisladas y tranquilas. Subir la empinada cuesta con forzadas curvas para descolgar nuevamente a la carretera no me ha permitido, en nuevas experiencias, otra cosa más que zozobra, al no tener certeza de si el vehículo en el cual me transporto tiene la suficiente fuerza, y el conductor la experiencia necesaria para sortear alguna contingencia que llegare a presentase por allí. Quizás los temores sean sólo míos.

Bien, volviendo al día de la entrevista. Casi a la salida de la población de Risaralda se apearon del taxi los tres compañeros de viaje y subió una señora que iba a un sitio cercano y un ciudadano, para Anserma. Avanzando un poco más en nuestro desplazamiento, se avista La Colina de Robledo.

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Panorámica de Anserma, foto de archivo Fotoyos.

Falta poco para llegar a ese pueblo de leyendas, cuna de escritores, poetas y músicos, algunos ya fallecidos. Es también el lugar donde se creó la Academia Caldense de Historia por parte del escritor, historiador, poeta y escritor doctor Jorge Eliécer Zapata Bonilla junto con otros escritores lugareños, La Academia es orgullo de identidad regional.

A la bifurcación de la troncal de occidente, a la margen izquierda de la carretera rumbo a Anserma, corre la quebrada Cauya, que va a desembocar en el Río Risaralda; de las aguas de esa quebrada y la de Tabla Roja, bebieron los habitantes de Anserma y sus alrededores por muchos años, hasta que llegaron empresas comercializadoras.

Cauya fue corriente frecuentada por pescadores, vivanderas, bañistas, escolares y adultos; todos aprovechaban sus charcos y meandros para el regocijo.

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Foto tomada al paso del automotor, muestra un trayecto de la quebrada Cauya.

El taxi toma la variante con rumbo a la Terminal de Anserma. Son las 2:24 de la tarde. A solicitud, el conductor me acerca a la calle 11, carrera 1a y el viajero decide también bajarse allí, aunque molesto, pues le espera una larga y empinada cuesta que ni siquiera permite ver dónde termina o hacia qué lugar llevan los escalones y descansos, que semejantes a paradas de ascensor, tenemos de frente.

El hombre paga su pasaje y emprende la marcha hacia las escalinatas, recordándome, quizás, a mi madrecita en voz baja; menos mal no lo escucho. De tanto en tanto vuelve su cabeza y mira atrás para observar cómo asciendo por la misma calle.

Un hombre y un niño bajan a mi encuentro. En casa de ellos entrevistaré la persona que narrará las historias que me traen al pueblo.

Allí espero hasta horas de la noche, cuando finalmente llega el señor Gerardo, dispuesto a atender la entrevista. Apostados en el comedor de la casa anfitriona, Gerardo comienza por contar de sus paseos y andanzas por la quebrada Cauya, en su niñez.

De estatura baja, contextura normal, tex trigueña, rostro de frente amplia y ojos de mirar inquieto, exhibe una leve sonrisa al hablar y posee como característica particular, una pronunciada nuez de Adan, que le da un tono de voz profundo.

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Gerardo Carvajal A. (foto Amali agosto 2012) 

Su temperamento es inquieto y sus manos apoyo permanente a su palabra. Ejerció la docencia y está retirado.

Un baño en bola y volado de la escuela

¡A la quebrada de Cauya! ¡Claro, Claro que sí! Acostumbrábamos volarnos de la escuela para ir a bañarnos allá en pelota y a pescar con la mano lo que se pudiera y meter los pescados en un frasquito; iba con los hijos de una vecina, sin pedir permiso y sin decir para dónde, aunque sabía que eso no se debía hacer, porque si le pasa algo a uno, nadie sabrá dónde ir a buscarlo a uno.

Era una gallada, de JESUS, mi hermano, que ya murió, cuadraba con otros vagos de la misma edad de él y yo me les pegaba. Ellos se ponían un pañuelo en la cintura para taparse las partes nobles y nosotros, los menores, en bola, pa ́no mojar la ropa. Cuando eso yo tenía por ahí siete u ocho años y Jesús, diez y ocho años.

A paseos de río hace por ahí diez años que no voy. ¿Qué diferencia encuentro entre ir a un lugar turístico o a un río o una quebrada? ¿Qué prefiero? El que tenga abundancia de pescado, sea sitio enmarañado o no. Y si el lugar no es bueno para la pesca, prefiero el sitio turístico, por el ambiente. Nunca he acampado. He ido muchas veces a La Isla y a Cartago y a muchos sectores del Valle del Cauca, pero nunca he acampado.

Sancocho con Corronchos de El charco del diablo.

–Personalmente organicé una excusión al río Risaralda, que corre por la margen derecha de la troncal de occidente que lleva a La Virginia y a Pereira. Río donde desemboca la quebrada de Cauya –cuenta Gerardo. –Lo organicé para conocer el famoso ―Charco Negro‖ del cual habla la historia de Anserma con la leyenda de que en el famoso “Charco Negro” se encuentran las campanas de oro que por la maldición que un sacerdote impartió como “castigo a un sacrilegio”, fueron a dar allí”. Se dice que por un acto vandálico cometido por alguien, a la maldición del sacerdote las campanas rodaron hasta ese charco y ahí quedaron y que las cuida el demonio en ese lugar. Las personas que han tratado de sacarlas, nadando o por algún otro medio, se han ahogado.

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―Charco Negro‖ señalado por el historiador Oscar Peláez (Foto tomada de su libro Espantos de mi tierra, y suministrada por el señor Alfonso Noreña (q,e.p.d).

Del paseo, yo solicité un permiso para ir a pescar allá; la finca donde está ―Charco Negro‖ era de mi madrina de bautismo, Celia Muriel. Fui con veinte muchachos en total. Les advertí que no se fueran a bañar ahí, que solamente íbamos a pescar y que el baño sería en otro sector del río. Es que la leyenda refiere a varios ahogados. Para conocer la profundidad del charco, corté una cañabrava por ahí de unas cinco a seis varas y no tocaba el fondo. De esa forma se le calcula la profundidad, para cuadrar los anzuelos con las plomadas para la pesca. Alcanzamos a sacar una buena cantidad de corronchos de muy buen tamaño y nos los llevamos para una finca cercana de la familia ROJAS, que todavía existe en ese lugar, y allá hicimos un sancocho muy bueno con esos corronchos. La mayoría de los muchachos decía que por haberlos sacado del “Charco del Diablo” nos iban a hacer daño y no comieron; los que comimos, quedamos muy satisfechos ¡Y sacados del charco del diablo! Que tampoco nos salió, ni tampoco oímos las campanas, porque decían que no suenan sinó, los días Jueves y Viernes Santo. Pero en esos días sí me da a mí como temor aparecerme por allá.

A ese sitio ―Se va, descendiendo por el camino antiguo que llega al puente que siempre ha existido en el mismo lugar y que comunica a Anserma con Columbia, se va uno hacia el sur un trayecto de unos quinientos metros más o menos, ahí encuentra el charco, es un lugar bastante escarpado, es de aguas muy oscuras, casi estancadas, donde aparentemente hay un remolino donde se cree que es donde se ahoga la gente y que es donde el diablo está cuidando las campanas, y él las cuida, puesto que nadie las ha podido sacar. Ahora las vías de acceso están más fáciles que cuando fui con los muchachos hace unos treinta años. Ahora llega uno con mayor facilidad.

El corroncho es un pescadito que tiene unas escamas muy escarpadas y muy difíciles de desprender cuando uno se las va a quitar con el cuchillo. Crece en forma ovalada y es de una carne muy agradable. Los puede uno coger hasta de libra y son más o menos como un sapito, pueden ser como de este tamaño –muestra con sus manos la forma redonda y un tanto plana– y miden entre un jeme a una cuarta.—

A este lugar de leyenda refiere el historiador Oscar Peláez en su libro Espantos de mi tierra, y dice que el gran cacique Ocuzca construyó en el fondo de esas aguas bajo una gran piedra, una cueva, para escapar de sus enemigos. A Ocuzca se le consideró un dios por lograr desaparecer en ese lugar sin explicación alguna.

Zambullida que arruinó la familia.

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Río Risaralda. A quince minutos de Anserma Caldas por la troncal de Occidente. Los bañistas observan expectantes la arriesgada maniobra de quien tiene el turno desde el puente.

―Mi padre, Luis María, cuando estudiaba en el Colegio Manjón, así como se oye, Manjón, con jota, hoy Colegio de Occidente, el profesor director de su grupo programó paseo al río Risaralda, con todos los alumnos; les propuso antes de salir que en la materia relacionada con las ciencias naturales, el primero que llegase al río y se bañase en él, tenía la mejor nota. O sea la mejor calificación. El primero en llegar fue mi padre y de ese puente se tiró al río. Fue el primero que se zambulló y por tanto tenía derecho a la mejor calificación en el área de las ciencias naturales. El paseo se… voy a buscar la palabra –dice, mientras escudriña en su mente el vocablo apropiado y sus manos se mueven inquietas y sus dedos tamborileando sobre la mesa del comedor, muestran los efectos de trabajos en oficios varios. Con una sonrisa que

permanece en sus labios, la frente mantiene una expresión adusta. Es un maestro que lleva años ya de jubilado.

–El paseo transcurrió sin mayores contratiempos, pero a mi padre al llegar al hogar le empezó un temblor en todo el cuerpo y empezó a desvariar, con palabras incoherentes. Mi abuela lo llevó donde el médico de turno y éste le diagnosticó locura. El tratamiento fue intenso y en ese tratamiento mi abuela gastó toda la fortuna, que era caudalosa, y el hombre volvió a la lucidez, pero no en su totalidad, porque todo negocio que hacía, todo negocio que emprendía, lo remataba mal o con mala suerte. Él, por tirarse de primero, se bañó acalorado y de ahí le provino la locura.-

Todo el tiempo, tarde y noche, en la cocina de la casa el movimiento de personas y el campaneo de ollas y platos, es permanente. A la casa entran y salen: residentes, amigos, vecinos y conocidos de la familia; saludan, se involucran en el relato que hace Gerardo, o se paran a escuchar por un momento, con curiosidad. La vivienda, más que un hogar, parece, por la generosidad de la anfitriona, el “hotel restaurante Albita‖ o, despensa comunal en momentos de apremio alimenticio.

Son las 11:30 de una noche un tanto fría. A lo lejos se escuchan truenos y se observan relámpagos. Me despido para ir al hotel donde me alojo, considerando que esto es apenas un abrebocas de todas las historias que en los meandros de su memoria conserva el entrevistado.

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