EL DÍA DE LAS FUMIGACIONES

Todo comenzó cuando los noticieros dijeron que China soportaba serio problema de salud provocando graves contagios y muertes. Los alarmantes datos del virus, allí surgido, eran que se esparcía ya por el mundo a velocidades nunca antes pensadas ni conocidas y que ningún País escaparía a tan grave Pandemia.

La aparición y el esparcimiento del letal virus ha sido conocido con suficiencia por la abundancia de información televisiva desplegada, que prácticamente relegó cualquier otra noticia o programa; ¿qué podría referirse ahora que no sea especulaciones, consejas o sinnúmero de videos que acreditan veracidad al dónde, cómo, cuáles los fines y quienes los interesados en difundir o ramificar esta Pandemia?, tal vez, lo relativo al anuncio dado a saber recientemente acerca de una demanda, la cual adelantará un abogado internacional en contra de China, por el daño causado a la humanidad, y que sustentará en los estudios hechos por diversos países, donde se demuestra el compromiso y responsabilidad de China en lo que ahora vive el mundo. Si ella prospera o no y quienes más podrían estar involucrados, lo sabremos en un tiempo más.

Han Transcurrido semanas y meses; ya van más de quince, desde que fuimos recluidos en casa “modo preventivo” y con restricciones claras de gobiernos, nacional y local, que se fueron extendiendo de a poquito, como para que no doliera y la humanidad se fuera acoplando a un nuevo régimen y circunstancias de vida diferentes, paliadas con promesas de ayudas para las gentes más necesitadas, que somos muchos, “para que no pasen hambre”, y beneficios y alivios a empresas, a fin de “que sigan sosteniendo la nómina sin cerrar ni despedir personal”, y otros muchos imaginativos géneros estimulantes que van logrando que la comunidad “acate la cuarentena, y se evite el contagio general y la pérdida de vidas humanas, que es lo que importa”, según repetidas expresiones escuchadas en la radio y en la televisión.

No diré si todo lo prometido por los gobiernos se ha cumplido, si los empresarios no despidieron empleados, si los auxilios y beneficios llegaron realmente a quienes estaban destinados y los recibieron, o si por el contrario, de todo ello se han aprovechado los ambiciosos, los corruptos, los sin corazón, los vivos, porque en este país, ésos, existirán por siempre, pues son la mala yerba que con nada se elimina.

Quiero es referir cómo se vivió en casa ese comienzo del aislamiento social y el temor de pensar que la tragedia podría tocar fácilmente a nuestra puerta trayendo la Pandemia, que por objetivo tenía, según se había conocido por algunos mensajes y videos, diezmar la humanidad, porque “somos ya demasiados, y no hay con qué alimentar ni sostener a tanta gente”; determinación que fuera tomada por un grupo en particular, del cual Dios, Creador de todo en el Universo, no sé qué pensará, puesto que Él otorgó al hombre completa libertad de hacer, y le dotó con inteligencia y sabiduría suficientes.

Les cuento entonces cómo transcurrió el primer día del encierro para evitar el virus.

El mismo día en que se conoció la noticia, temprano, mi hermana se aprovisionó de suficientes y variadas hierbas, atomizadores, recipientes, trapero y sacudidores nuevos. Preparó menjurjes, embazó en rociadores, llenó baldes y palanganas y al siguiente, de madrugada, comenzó a

exorcizar toda la casa con los sahumerios que había preparado. Barrió, trapeó con aguas y amasijos, limpió, además, cuanto rincón pudo, hasta el momento en que llegaron los primeros abastos para la familia, que estaba acostumbrada a comprar sólo lo del diario, y fue allí donde comenzó la fiesta de las ridiculeces, o de las fumigaciones, que seguramente también vivieron el mismo día, o en cualquiera de los otros subsiguientes, en muchos de los tantos hogares y lugares comprometidas en la posibilidad del arribo del virus, ése que tampoco nadie quiere nombrar, para no atraer.

Fue así como llegado el momento en que timbraron a nuestra puerta, mi hermana soltó sus elementos de fregado y apresurada como nunca antes, se lanzó a tomar rápido uno de sus recipientes diciendo:

—¡Yo atiendo!

Entreabriendo apenas la puerta, dejó visible y apuntando en pleno al rostro del visitante el amenazante atomizador que llevaba en su mano, y enérgica le dijo:

—¡Alto ahí, ni un paso más!
Visiblemente asustado y sorprendido, el mensajero le contestó:

—No, señora, yo no voy a hacerle nada, yo vengo es a traerle los víveres que pidió —A lo cual ella respondió:

—Usted es que es bobo, ¡quédese ahí, que yo lo voy es a desinfectar!

Y de una, Chifff chifff chiff. Le disparó el preparado, que sólo Dios sabe de qué lo ha hecho, y le conmina:

—Muestre las manos…
El joven atónito, porque seguramente es la primera casa donde así es recibido, obedece. Chifff chiff, chifff. Ahora voltéese, ¡deme la espalda que por atrás también le voy a echar!

Obediente y sumiso el joven no tuvo de otra que hacer lo que se le ordenaba, a fuer de regresar al trabajo sin entregar el pedido y someterse a las consecuencias, por lo que finalmente pensaría que ya había recibido varios pistoletazos, ¿qué más podría dar unos más?

chiff chiff chiff. ¡Ahora sí, entrégueme el pedido!
El pobre muchacho tembloroso del miedo le entregó la bolsa, recibió el dinero y salió disparado.

Rato más, llega el de la verdura y la fruta y cuando ve a la mujer que sale con el atomizador en la mano le dice:

—¡No me vaya a echar insecticida, mi señora, que yo soy alérgico!

—Vea pues, otro bobo. Esto es para desinfectarlo antes de que me entregue el pedido, para que no me traiga también el virus.

Y avanzando el día llega la tercera víctima del día de las fumigaciones. Le lleva un pedido especial, porque es su amiga.

Mi hermana ha mirado previamente por la cortinilla quién ha timbrado. Al ver de quién se trataba, abrió y le dijo:

—¡Ni un paso más! Espere.

La amiga hace un gesto de sorpresa y desconcierto, y espera en la puerta sin comprender lo que pasa. Mi hermana saca el atomizador y se lo pone de frente y entonces la amiga le dice:

—¡A mí no me eche de eso que yo en eso no creo!

—Vea pues, y qué es lo que está creyendo, esto es para desinfectarla antes de que entre, como usted anda de aquí para allá y de allá para acá, ¡es un peligro!

—Óigala, yo no necesito desinfectantes, ni nada de eso, yo ando con Dios y la Virgen y nada me puede pasar ni a nadie voy a infectar.

Pese a todo, mi hermana le hace su buena fumigada.

Así, entre confiados y risueños, con episodios como los narrados y tal vez con otros mucho mejores, pasamos ese primer día de la cuarentena, creyendo que no superaría los tres o cinco días que se habían anunciado, pero donde también, nos dieron el golpe de mediano plazo.

Luego de transcurrir varios meses, al comenzar a presentarse un poco la desobediencia civil, nos otorgaron pequeñas libertades bajo observancia de normas de protección y de cuidado, para más tarde imponer la vacuna “y lograr salvaguardar la salud de todos”.

Bajo publicidad permanente relativa al deber del cuidado propio, y el de los demás para no contagiar, parece que nos fuésemos adaptando a un nuevo mundo que, a no dudarlo, será de los poderosos, donde la gente de abajo estará dedicada, desde cualquier ámbito y lugar, al trabajo, a producir, como se hace en aquel país donde surgió el virus.

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