EL PRIMER CUENTO DE OTROS MUCHOS MÁS

Antes de que la electricidad llegara a las zonas rurales la vida nocturna tenía una aureola misteriosa; los campesinos y sus familias tenían la rutina de dormir a tempranas horas de la noche y levantarse desde las 4 a.m. para iniciar sus labores. Casi siempre eran familias grandes porque era pecado planificar y luego de una jornada ardua de trabajo, alrededor de la mesa, se contaban a la luz de la vela las historias de la Pata sola, o la Llorona que según cuentan los abuelos caminaba emitiendo un dejo lastimero, o el Monicongo que era el hueso de un gato usado para hacer brujería y el cual se obtenía después de haber pasado toda una noche en el monte, o el gato negro que revivía siempre y salía al camino de los trabajadores en la noches, o la mujer que atraía a los hombres y luego se convertía en un monstruo devorador o el Jinete sin cabeza que pasaba en su caballo veloz junto al cementerio. En esa Colombia cuando la noche era motivo de nerviosismo para algunos por seres tal vez inexistentes, más bien adaptados en oralidad a través de generaciones y que pudieron tener su origen en las historias de Las mil una noches. En esa época de Colombia cuando el terror nocturno era causado por esas historias y no por la violencia cruda y despiadada de los fusiles, allí se sitúa un poco el cuento que les comparto a continuación.

LA FINCA

Las hojas caían de los árboles suavemente y formaban un tapete que cubría el camino a casa de la abuela Lucila; unas eran de un color café desteñido y otras amarillas con vetas multiforme como recién envejecidas. A Anita, la nieta más querida, le gustaba alzar algunas para ver el paso de las hormigas con su marcha perfecta e intermitente. Siempre se quedaba de última para disfrutar de la tranquilidad que le brindaba el paisaje, le daba la impresión que el tiempo no existía. Podía quedarse durante varias horas observando la caída de las hojas que bajaban con un armonioso vaivén, ayudadas por el impredecible viento a veces suave, a veces violento. Escuchaba el canto de los pájaros, el crujir de las hojas con el paso de algunos insectos rastreros, el murmullo de los grillos o el zumbido de las abejas. Todo ello contenido por un silencio amalgamado al

paisaje, interrumpido solo por los jeeps Willys que dejaban a su paso un remolino de polvo, piedras y hojas.

El sendero que llevaba a casa de la abuela tenía unos doscientos metros desde la carretera sin pavimentar. Al fondo, estaba la casa de bahareque, con un olor característico a humedad, enrarecida aún más por el humo que despedía la leña de la cocina. La pequeña casa, rodeada por pendientes, proyectaba una imagen de tiempos inmemoriales, el paso del tiempo había quedado grabado en las paredes como si sus garras hubiesen arañado sin miramientos su persistencia para mantenerse en pie.

La abuela Lucila recibía a todos con esmero, con tanto cariño que aquella casa guardaba, gracias a ella, un calor inexplicable. El agua de panela, los fríjoles, las arepas y todo lo que ella preparaba para el batallón familiar tenía un sabor delicioso, tenía sabor a tiempos viejos. Anita, que recién había cumplido 12 años, degustaba cada bocado como si quisiera adivinar los ingredientes y se embelesaba imaginando los tiempos en que su padre había vivido en el campo, porque tenía pintados en su memoria los cuadros dibujados por él, noche tras noche, con palabras muy precisas.

Los nietos jugaban a las escondidas, a la pelota, daban de comer a las gallinas, perseguían a los pollitos como queriendo obligarlos a ejercitar sus alas y molestaban a los dos perros que acompañaban a la abuela; pero a pesar de eso, de todo aquel alboroto los perros permanecían muy tranquilos, como dormidos, como si su energía se apagara con el día. Había toda una revolución que terminaba sobre las cinco de la tarde cuando los visitantes se retiraban en algarabía, felices y apurados para no perder el paso del último Willys que recogía pasajeros en cada vereda. Después, todo se tornaba opaco, lúgubre, inexistente, como suspendido en el tiempo; así lo percibió Anita la tarde que quiso quedarse con su abuela.

Esa tarde se fue apagando lentamente; a medida que entraba la noche, nuevos sonidos tomaron posesión del ambiente. Los perros recibieron su ración de comida, parecían inquietos como si la noche fuera para ellos todo el motivo de atención. La niña preguntó:

– Abuelita, ¿por qué los perros están inquietos?

– No es la primera vez que te quedas, los perros no están inquietos mijita, se preparan para vigilar en la noche.

Esa frase quedó clavada en la mente de Anita, su padre nunca le habló de la noche. Hasta ese momento comprendió que lo narrado por él sucedía siempre en el día, sin embargo, se tranquilizó un poco con el abrazo amoroso de Lucila.

-Ayúdame a guardar las gallinas y los pollos- dijo la abuela.

Anita colaboró en todo lo que le pidió; metió las aves en el galpón, cerró la elba donde se secaba el café, llevó agua para los perros, ayudó a preparar la comida y puso los cubiertos para las dos. Notó que la abuela servía comida en un tercer plato de peltre muy deteriorado, luego vio que salía de la casa con el plato tapado. Pasados unos diez minutos volvió con las manos vacías. Anita ya había puesto los platos sobre la mesa y estaba esperándola para comer. Durante la comida titubeó varias veces en preguntar a su abuela para quién era el tercer plato. Casi había terminado la cena cuando Anita lanzó la pregunta. La abuela la miró incómoda, miró hacia la puerta y contestó que era para el vigilante que daba ronda por esa y otras fincas cercanas.

Las habitaciones de la casa eran pequeñas, tenían ventanas de madera; la casa estaba desprovista de aparatos eléctricos y, aunque la temperatura bajaba mucho en las noches, las cobijas de lana permitían guardar el calor. La abuela organizó una habitación contigua a la suya para que Anita durmiera. La niña se maravilló de las múltiples estampas de ángeles que estaban pegadas en las paredes y preguntó a su abuela por cada una de ellas, rezaron las oraciones juntas y luego le pidió que le contara el cuento de María y las llaves del cielo que tanto le gustaba. Pronto se quedó dormida, estaba tan cansada que entró en un sueño muy profundo, como si se hubiera desconectado del mundo. Ya entrada la noche la niña despertó sorpresivamente, los perros estaban

ladrando, escuchó que corrían de un lado hacia otro, se iban acercando a la casa y de pronto, sintió unos golpes sobre la puerta principal. La puerta se estremecía como si fuera a sucumbir ante la fuerza de los mismos, luego escuchó que alguien arañaba la puerta, ese alguien con una voz lastimera casi llorando repetía: “madre déjame entrar, me van a matar, me van a matar”. Anita sintió pánico, el miedo se apoderó de ella, empezó a temblar, no podía moverse, quiso llamar a su abuela, pero su voz se le quedó enredada en la garganta. Se cubrió la cabeza, presionó muy fuerte sus orejas como queriendo despertar de una terrible pesadilla, pero los golpes y la voz de aquella alma en pena retumbaron en su cabeza hasta que fue ella misma quien golpeó con fuerza y desesperación la puerta de la habitación de la abuela.

A pesar del ruido fuera y dentro de la casa, la abuela no se levantó; entonces Anita abrió a empellones la puerta de la habitación y se acostó a su lado. No comprendía por qué su abuela no reaccionaba, empezó a moverse como meciéndose en una cuna y se quedó dormida cuando la luz entraba tímidamente por la rendija de la puerta.

Al día siguiente, cuando Lucila despertó, se sorprendió de ver a su nieta en la cama, muy pegada a ella. Pensó que se había excedido con las pastillas para dormir puesto que no sintió que la niña llegara. Se levantó con mucho cuidado para no despertar a la pequeña.

A las siete de la mañana llegaron los trabajadores y Lucila comenzó su trabajo de todos los días: preparar el desayuno para los trabajadores, sacar las aves, echarles el maíz, recoger los huevos en el galpón, correr la elba para que el café siguiera su proceso de secado, barrer un poco el suelo de tierra fuera de la casa, alimentar los perros…

Era casi medio día cuando Anita despertó y la abuela ya tenía listo el almuerzo.

-¿Qué pasó mijita?, ¿tuvo mala noche?

-Estoy muy confundida abuelita, anoche escuché que alguien la llamaba, le decía mamá.

-No puede ser mijita, no hay nadie. Todos mis hijos viven lejos y tu padre ya está con Dios. Seguramente fue una pesadilla.

-Imposible abuelita, parecía todo tan real y no entiendo por qué no se despertó con todo el ruido que había.

-Lamento no haber escuchado nada mijita, estoy tomando pastillas para dormir.

He tenido noches en que no descanso, y esas pastillas que me mandó el médico me han servido, parece que son muy fuertes. Esta noche no las tomo para que esté más tranquila.

-Abuela, ¿por qué estás sola en esta finca?

La abuela nuevamente se sintió incómoda con las preguntas de Anita, pero le contestó que no se sentía sola, que la finca era pequeña, que había trabajadores de lunes a sábado durante el día y que tenía vecinos cerca.

La tarde estuvo tranquila, los trabajadores se retiraron antes del anochecer, habían recogido la cuota esperada de café y harían el despulpado al siguiente día.

Cuando llegó la noche, la abuela preparó la comida; hicieron todas las tareas que habían hecho la noche anterior y nuevamente, la abuela se fue con el plato de peltre deteriorado. Esta vez Anita la siguió. La abuela bajó unas gradas hechizas que conducían a una casita en un árbol frondoso, iluminada por una luz muy débil. Anita la observó desde lejos y escuchó que la abuela hablaba con alguien, pero sin llegar a comprender lo que decía porque la noche con sus ruidos propios actuaba como un cómplice, integrando las palabras a su profundo murmullo. Anita se apresuró a subir, procurando no hacer ruido. Cuando llegó la abuela ya había comenzado a comer. Durante la comida la abuela le preguntó si quería volver al pueblo, ella no tenía ningún problema en llevarla al día siguiente.

Anita quiso decir que sí, pero su curiosidad pudo más.

Se acostó sin sueño esa noche. Espero pacientemente a que la abuela estuviera dormida y con mucho sigilo abrió la puerta, acarició los perros y bajó las gradas hechizas acompañada por ellos hasta llegar a la casita de madera. La puertecita estaba cerrada por dentro. Desde afuera escuchó como si alguien caminara rápidamente hacia la entrada, como si ese alguien quitara trancas para abrir la puerta.

Anita subió a toda prisa, los perros comenzaron a ladrar y tras haber recorrido unos pocos metros, escuchó que se abría la puerta de forma tan violenta como si mil puertas se abrieran al tiempo esa noche. Su corazón se aceleró, el camino se le hizo más largo, los perros corrieron despavoridos y ese algo o alguien emitía tras de ellos unos sonidos espantosos. Cuando acabó la cuesta, la niña, en su afanosa huida, tropezó tantas veces, que le pareció que corría sobre piedras en vez de tierra, sentía que ya estaba perdida, casi arrastrándose entró a la casa y cerró la puerta, puso el trinquete y corrió a los pies de la abuela que se había levantado ya por el ruido de los perros.

La abuela vio a Anita tan nerviosa y descompuesta, en sus ojos se veía el horror.

Lucila se agachó y la abrazó, le dijo que se calmara, la tuvo que contener porque la pequeña no paraba de temblar.

-Abuelita, ¡escucha! ya viene para acá, ya viene para acá.

-¡No mijita! No, no. Tranquila, tranquila.

-Anita se cubrió sus orejas y empezó a mecerse en los brazos de la abuela.

Lucila irrumpió en llanto, pero tuvo que controlar su dolor para poder hablar a su nieta, para contarle historias gratas, historias de amor, historias de luz. La noche se tornó tan larga como tantas otras. La niña fue entrando en calma, su corazón se apaciguó y cerró sus ojitos como un intento para desconectarse de su realidad.

Al día siguiente, la abuela acudió con Anita al consultorio del médico tratante y le informó que los episodios de pánico se habían repetido. El médico le advirtió que tal vez pasaría mucho tiempo antes de que su nieta superara el episodio violento de la muerte de su padre.

Anita volvió a la calma pasmosa de una nueva sedación, mientras su mirada se perdía en el finito espacio de la blanca habitación del hospital.

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