LA NAVIDAD; EL PRECIO DE UN SUSPIRO

Dicen, al saber de los humanos, que cuando se aproxima la fecha del 25 de Diciembre, los recuerdos ponen punto final a cada uno de ellos con un suspiro, y momentos, breves pero existiéndolos, se mecen en la melancolía de personas ausentes o hechos que en su tiempo fueron felices y que esbozan ahora una apenas sonrisa.

            Pero es la NAVIDAD, el encuentro con pensamientos que representando unos aconteceres nunca debieron haberse archivado en el AZ de los recuerdos.

            En buena parte de este mundo, el frio y la nieve quiebran semblantes rasgando la piel y tiñen de viejo el cabello de quienes con paso presuroso circulan por calles y caminos.

            En otros en cambio, el calor de la noche y las luces de muchos colores anuncian que algo está a punto de suceder y sin embargo sucede… está llegando la misma NAVIDAD de cada año. 

            En ambos mundos, el día apenas despierta sensaciones, la noche en cambio, formula sentimientos en un cielo negro tachonado de puntos de luz y actuando de decorado a una luna pícara y casquivana que esconde a su admiración el dulce engaño del amor y la alegría.

            ¡Ay de ti, luna traidora! Tú, que noches atrás, mientras te miraba fijamente y estaba amando en el silencio de mis recuerdos, me revelaste el mejor de tus secretos que celosamente guardas tras ese resplandor robado al sol de la mañana: “esta noche es diferente, el frio no molesta, el calor impostado no es preciso, la vida transcurre de otra manera… es NAVIDAD”. 

            El villancico canta incongruencias pero le da vida a esos días de antes y después. ¿Qué canta incongruencias? ¿No te parece suficiente que los peces beban en el río? Bendita incongruencia pues cuándo quien canta insiste… “beben y beben y vuelven a beber”. La NAVIDAD tiene eso de bello, nada rompe el sentido, nada perturba el canto por algunas voces maravillosamente desafinado, nada es mucho para quien lo da todo sin esperar nada a cambio.

            Robar un beso al ser amado tiene otro sentido en NAVIDAD. Jugar al escondite con los regalos, aflorar mejores deseos, dar a luz a un tímido “te quiero” como excusándose por haberlo dicho, compartir un apretón de manos bien cogidas pretendiendo que nada se mueva, que nada cambie, que nada acelere el final de ese momento y que, sin embargo, algo se haga que tenga sentido… es NAVIDAD.

            El lenguaje universal de una sonrisa, de una mueca, de una expresión, rompe las barreras de la lengua. No hace falta decir para entender. Basta con responder de la misma manera. En todo el mundo en donde el concepto cristiano de la NAVIDAD abre las puertas de la ilusión y cierra las del inconformismo y la pelea, la sonrisa tras el encuentro torna en inteligible lo que el idioma nunca será capaz de transmitir, por su propia incapacidad. Sonriamos pues aunque algún dolor se resista a que lo hagamos… estamos en NAVIDAD.

            Y ¿qué decir de los cuentos?. Si bien es cierto que todos mantienen un final feliz, los navideños doblan esa felicidad desde la primera sílaba de la primera palabra con la que se inicia su relato. Y ¿porqué será que siempre los niños en el regazo de su madre le insisten una y otra vez para que les cuente el mismo cuento de años atrás, de días próximos pero atrás, incluso de horas cercanamente transcurridas? Prefiero no saberlo, ese es un secreto que no puede violarse. Si se cumple la frase de que la cara es el espejo del alma, ¡que belleza de alma la de aquel niño que escucha absorto aquel relato tantas veces recibido y muchas más deseado!  

            El cuento infantil es una pieza inseparable de la NAVIDAD y los mayores que lo contamos nos volvemos niños porque vivimos el relato, hasta el punto de que el propio niño nos busca razones y nosotros actuando como él damos explicaciones que tienen difícil satisfacción. ¿A que sí? ¿A que nos ha pasado alguna vez? Y ¿a que dada la explicación lanzamos a nuestro interior un suspiro de alivio por creer que hemos salido del atolladero?

            Decía Rabindranath Tagore en su relato “La Luna Nueva”… 

¡Qué feliz eres, chiquillo, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Yo sonrío al verte jugar con este trocito de madera.

Yo estoy ocupado haciendo cuentas, y me paso horas y horas sumando cifras.

Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: ‘¡Qué necedad perder la tarde con un juego como ése!’

Niño, los bastones y las tortas de barro ya no me divierten; he olvidado tu arte.

Persigo entretenimientos costosos y amontono oro y plata.

Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener.

En mi frágil barquilla pretendo cruzar el mar de la ambición, y me olvido de que yo también estoy jugando.

            Solo un cuento, un cuento en NAVIDAD, cumple en el chiquillo con los más exigentes juguetes. Es bien cierto, nunca se ama a un niño lo suficiente, y si no leamos con detenimiento otro pasaje del poeta hindú… 

¡Ah, si yo pudiera entrar hasta el mismo centro del mundo de mi niño para elegir allí un placentero refugio! Sé que ese mundo tiene estrellas que le hablan, y un cielo que desciende hasta su rostro y lo divierte con sus arco-iris y sus fantásticas nubes.

Esos que parecen ser mudos e incapaces de un solo movimiento, se deslizan en secreto a su ventana y le cuentan historietas y le ofrecen montones de juguetes de brillantes colores.

¡Ah, si yo pudiera caminar por el sendero que cruza el espíritu de mi niño y seguirlo aún más allá, más allá, fuera de todos los límites! Hasta donde mensajeros sin mensaje van y vienen entre Estados de reyes sin historia, donde la razón hace barriletes con sus leyes y los lanza al aire; donde la verdad libera a las acciones de sus grilletes.

            Un suspiro y un niño. Fuera un niño, al fin y al cabo, el origen de la NAVIDAD. Fuera un niño quien representa la grandeza de la humildad, un niño adorado por reyes y pastores, temido por falsos profetas, perseguido hasta querer darle muerte. Fuera un niño quien nos trajo la NAVIDAD.

            Terrible acontecimiento; la tierra que le vio nacer se mantiene en contínua disputa. Religiones próximas a reconocer al Niño Dios conviven en la necesidad de apropiarse para sí mismas de la razón por la que vino al mundo en aquel portal de Belén, aunque alguna ni siquiera lo reconoce. Y en Jerusalén la paz se fuerza con la vigilancia de las armas. ¿Que decir? Pues que a pesar de todo, en la paz de nuestro particular retiro, ojalá todos los días del año pudiéramos celebrar la NAVIDAD. ¿Sería un sueño? Quien sabe, pero por pedir que no quede. 

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