LA REFUNDACIÓN DEL CAPITALISMO

Sobre bases éticas es una preocupación para cualquier filántropo. Evidentemente, no se trata de adoptar el sistema tradicionalmente opuesto, el comunismo.

Paradójicamente, el “buen” capitalismo goza de buena Salud, como lo prueba su propia supervivencia a lo largo de 4 siglos, — y su capacidad de mutación para adaptarse a las nuevas necesidades.

En cierta manera, el fracaso del “mal” capitalismo se debe a que éste ha traicionado los valores básicos del auténtico capitalismo.

Según las propias palabras del catedrático Manuel Ángel Vázquez Medel:
“En estos días de vergüenza lacerante, cuando ante el desplome de lo más falso y especulativo del sistema capitalista, los gobiernos occidentales (sin importar su orientación ideológica) se disponen a apuntalar a los estafadores con cientos de miles de millones de dólares, casi mil millones de seres humanos se encuentran en el dramático umbral de la miseria, y casi diecinueve millones de niños morirán de hambre.

Hubiera bastado un 0,4 % (3.000 de los 700.000 millones de dólares) de las primeras medidas adoptadas por EEUU para salvar 19 millones de vidas… ¿Ante que tribunales habría que llevar a estos nuevos criminales de la Humanidad? ¿Y cuál es nuestro grado de complicidad con el crimen por nuestro silencio o indiferencia?

Más vale que, en lugar de dilatar los estertores de agonía de un sistema económico-político-social profundamente injusto, se pensara con honradez en sus alternativas. Todos sabemos que no será nada fácil la transición a nuevas formas que ni siquiera intuimos. También sabemos que será inevitable”.

Es en este marco en el que partidos populistas crecieron como Setas en España, tras el temporal de la crisis, atrayendo a una variada fauna del espectro social; por supuesto, también a gentes que honradamente creyeron que Pablo Iglesias “EL ENCANTADOR DE SERPIENTES” creía en lo que predicaba.

De todas formas, Iglesias se ha retratado a sí mismo con su apoyo a pro-etarras, independentistas; por su no condena del yihadismo; por su proverbial anticlericalismo, que contrasta con su simpatía por el Islam.

J.R.

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