Lo que el viento se llevó

Por fin llega el momento tan ansiado por la lenteja, el de la recolección. Porque toda lenteja que se precie es fundamentalista y no concibe otro objetivo que el de la inmolación en el puchero, junto a otros insignes co-revolucionarios, como chorizo, morcilla y punta de jamón.

No es el suyo, empero, un sacrificio enteramente altruista, pues es el caso que a la lenteja deja de resultarle soportable la mundanidad del estado sólido, en un ansia por trascender a un nivel de existencia superior.

Sabe –más aun, presiente– que una gran parte de sí será convertida en combustible por el bípedo consumidor; que otra gran parte retornará, en forma de estiércol, a la misma tierra de la que surgió; pero finalmente, que otra parte –que es a la postre la que a ella realmente le interesa—será expulsada por el bípedo a la atmósfera en forma de gas, —gas del que podrá discutirse la nobleza, pero nunca la volatilidad: y entonces será libre, si no como el Ábrego o el Cierzo, sí como viento menor.

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