OTRO CUENTO DE LUZ ELENA VEGA ROJAS, PARA SABOREAR SU LECTURA

Muchas veces hemos escuchado decir que la realidad supera la ficción, pero ¿cuál es el límite entre estos dos conceptos? Tal vez meditando un poco en el asunto nos damos cuenta de que todos tenemos nuestra propia versión de la ficción y la realidad, y esta última se desdibuja, a veces, cuando soñamos. Hasta el más “cuerdo” de los humanos ha tenido sus dudas frente a los sueños que se viven tan intensamente que solo el despertar puede darnos la esperanza de la duda. Los sueños son, científicamente, la depuración de los recuerdos acumulados a lo largo del día y una construcción a partir de allí, en la tercera fase del sueño en la que el cerebro tiene más actividad, la que se produce cuando el cuerpo está más relajado y puede ser tan ficcional como las películas o los mundos que construyen los escritores. Los invito a leer mi cuento, los invito a conocer a Lucía y su “realidad” más extrema.

PRESAGIO

Lucía salió en la mañana un poco angustiada, llevaba su camándula colgada al cuello; se la había regalado su madre como herencia. La camándula de madera había sido bendecida por el padre Antonio, capellán de la iglesia de San José. Lucía, aunque no era supersticiosa, estaba muy ansiosa después de aquel sueño fatigoso en la madrugada. En el sueño subía una gran mole de madera que tenía muchos peldaños, mientras subía, divisaba una sombra al lado opuesto a la que no podía dar alcance. Al llegar a la cumbre, como si fuera una montaña rusa, comenzaba su descenso; muchísimos peldaños en gran caída y al tocar tierra, inexplicablemente, se repetía el recorrido que no daba tregua. Cada vez era más veloz su movimiento. Sintió desfallecer, su corazón no aguantaba más. Despertó súbitamente en sentido contrario a la cabecera de la cama, muy exaltada, agotada y arropada por los ríos de su agitación. Luego llegó la aurora dispersando las sombras de su cuarto y de su mente.

En su trayecto hacia el trabajo sintió deseos de devolverse a casa, pensó en lo que podría significar aquella pesadilla, tal vez las alucinaciones y temores del pasado habían vuelto para pasarle una mala jugada. Al llegar a la guardería donde trabajaba en las mañanas encontró una solicitud de servicio a domicilio en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Lucía pidió a su jefe que fuera otra niñera en su lugar, pero la respuesta fue negativa, ella era la más calificada y necesitaban clientes nuevos para sostener el negocio.

Algo temerosa e inconforme acudió al sitio indicado. Era una casa grande con largos corredores circundantes, de color verde claro y salpicado de tierra que había levantado la tormenta de la noche anterior. Las ventanas y las puertas eran de madera tan gruesa que parecían infranqueables. La casa tenía a los lados dos grandes árboles deshojados por el viento y que habían dejado un tapiz verde alrededor de la casa, el paisaje era algo desalentador. Cuando se dispuso a tocar la puerta, de repente, se abrió con un chillido que le hizo pensar que no había sido abierta por mucho tiempo. A su encuentro salió la dueña de casa mencionando que la estaba esperando. Lucía presentó sus credenciales y una vez verificadas telefónicamente fue invitada a seguir. La mujer estaba pálida, con los ojos hundidos, pero muy bien vestida, sin duda era una alta ejecutiva que había pasado la noche en vela, así lo creyó Lucía.

La mujer indicó a la niñera los quehaceres y cuidados para Salomé y le habló sobre los juegos que le gustaban, sobre todo el de las escondidas. Luego llamó a la niña de unos cinco años para presentarle a Lucía y se retiró, no sin antes advertir a su hija que fuera buena y obediente.

Lucía era muy tierna con los niños y pronto se entendió con Salomé. Recorrieron juntas la gran casa; en el primer piso había un hermoso jardín, sala, comedor, un pequeño espacio con altar y reclinatorio para la oración, cocina y una habitación que estaba clausurada. En el segundo piso había habitaciones con grandes ventanas que aireaban la casa, permitían la entrada de la luz exterior y la observación de los árboles y las casas cercanas; el corredor circundante tenía una mesita con teléfono, revistas viejas y mecedoras para el descanso y el deleite del jardín interior. 

Después del recorrido jugaron un rato. Casi al medio día Lucía dejó a Salomé en su habitación para ir a preparar la comida. Una vez estuvo todo listo llevó al comedor una bandeja con los alimentos, luego fue a buscar a Salomé para avisarle que bajara a comer, pero no estaba allí y tras llamarla varias veces no logró obtener respuesta.

Lucía recordó que a la niña le gustaba jugar a las escondidas y con aire juguetón llamó a Salomé, recorrió todos los lugares donde podría esconderse sin poder encontrarla. Se sintió algo cansada y se detuvo frente al único espacio que permanecía cerrado, observó un pequeño juguete al lado de la puerta y escuchó una voz en un tono muy bajo y supuso que era Salomé, parecía sostener una conversación con alguien. Lucía la llamó sin obtener respuesta, intentó abrir la puerta infructuosamente y tras repetidos esfuerzos se dio cuenta de que no era posible. Decidió llamar a la guardería para dar cuenta de lo sucedido y pedir que se comunicaran con la madre.

Se dirigió al segundo piso para hacer la llamada y al alzar el teléfono escuchó el ruido estrepitoso de una puerta que se abría violentamente. Lucía notó que el ruido procedía de aquella habitación. Bajó las escaleras tan rápido como pudo y, en efecto, estaba la puerta abierta, entró al cuarto en penumbra, buscó con torpeza en la pared un interruptor para encender el bombillo y cuando logró encenderlo, observó muebles viejos y roídos, cuadros con fotos de épocas lejanas y un espejo que parecía estar cubierto por muchas capas de polvo y que reflejaba imágenes difusas.

Aquel raro ambiente le produjo cierta desazón a Lucía, por unos minutos quedó como paralizada en ese pequeño pero profundo espacio que la estaba absorbiendo hasta que sintió una pequeña mano que la tocaba suavemente en la espalda, al girar vio a la niña y notó que había perdido la tersura de su piel, aunque sintió pánico pudo disfrazar la sorpresa y le preguntó por lo que había sucedido y el por qué estaba en ese lugar. La niña le respondió que estaba con sus amigos.

Lucía guardó silencio, giró nuevamente hacia el interior de la habitación y en ese momento la niña salió sonriendo del cuarto, con la risa maliciosa por haber logrado una pilatuna.

Se dirigieron al comedor, se sentaron y se dispusieron a comer. No había probado bocado cuando se escuchó cerrar la puerta y luego unas voces que parecían provenir de allí. Lucía soltó los cubiertos y se devolvió a mirar lo que sucedía, tras algunos pasos encontró en la sala con una multitud de personas vestidas con trajes de fiesta. Esto era inexplicable, no entendía lo que estaba ocurriendo, las personas fueron acercándose hacia ella. Mil preguntas pasaron por su mente al tiempo que observaba casi petrificada la expresión que todos tenían; los rostros deformados, sin color, sin brillo en los ojos, con movimientos torpes y encaminándose hacia ella.

Sintió un frío que calaba en sus entrañas, sintió la piel helada y húmeda de uno de ellos que la invitaba a bailar. Su corazón se aceleró y retrocedió con fuerza como si un motor se hubiera encendido para gastar la energía restante y se aferró a la camándula que le había regalado su madre. En su interior suplicaba despertar de aquel sueño terrorífico, trató de salir de la casa, la puerta no abría y las ventanas parecían selladas. Subió al segundo piso, a toda prisa, para intentar salir por alguna de las ventanas de las habitaciones, pero todas se fueron cerraron violentamente a su paso; sintió desmayar al bajar nuevamente al primer piso y tan pronto como tocó el suelo su visión entró en la penumbra. De repente, se incorporó como si flotara en otra dimensión, no sentía su respiración, no sentía dolor ni angustia, era un ser etéreo, habitante de un mundo diferente, vestida de fiesta en medio de la multitud aquella que le daba la bienvenida y en frente a través de la opacidad de un espejo pudo observar la imagen distorsionada de una niña que le decía adiós con la mano.

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