¿Por qué todo parece que nada acaba siendo lo que debía ser?

Confundimos la habilidad con las palabras con lo que somos realmente capaces de expresar, en nuestros hechos, sin ellas.

Estamos rodeados de «vendedores de peines para calvos».

Personas que se centran tanto en la razón de sus quejas, con tal habilidad y persistencia en ellas, que cuando han terminado no les queda tiempo para lo que a ellas, de verdad, les aqueja.

La mayoría de las energías de grupos, empresas, asociaciones, comunidades, partidos políticos, instituciones… se consumen en tratar de aclarar «malos entendidos», en vez de cumplir la función y misión para las que se originaron.

Porque hay un error de base: sus componentes son elegidos para compensarse y completarse uno a otros mediante sus aptitudes competenciales, sí, pero en sus «actitudes» no poseen la inteligencia social suficiente para sobrevivir a su propio ego.

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