Relatos: Pedro y el Chimpancé

Pedro se dirigía hacia la casa de su novia Laura, absorto en temas de importancia trascendental: ¿Había elegido la indumentaria más adecuada para la ocasión? El polo granate marcaba como ninguna otra prenda sus descomunales bíceps, —eso era cierto. Como contrapartida, ésta le había obligado a embutir el indeseable y abundante tejido adiposo que circundaba su abdomen en un volumen textil harto reducido: podía sentir la amenazante presión de las lorzas pugnando por abrirse incontenible, rebosante, paso al exterior. Ciertamente, se encontraba en un aprieto. Temía que alguien pudiera confundirle con un “hombre-anuncio” de morcillas de Burgos.

En este punto su elección se le antojaba pueril y precipitada. No disponía del tiempo necesario para volver a su hogar a enfundarse una camiseta más holgada. Llegaba tarde. A pesar de sus facultades innatas para el buceo en apnea, ignoraba si sería capaz de recorrer —a buena marcha— el kilómetro y medio que le separaba de su destino, encogiendo tripa, —sin desmayarse.

El aumento de peso corporal se había producido de forma drástica al haber mantenido sus hábitos cavernícolas de alimentación durante el período de inactividad forzosa a causa de un pinzamiento, —pinzamiento del que, afortunadamente, se estaba recuperando.

—“Se imponen medidas inmediatas… Mañana mismo empiezo a correr” — se dijo.

Así las cosas, giró la cabeza, en un fingido intento por parecer casual, para obtener un atisbo de sí mismo en el escaparate de la Droguería López.

El corazón le dio un vuelco.

Hierático, comprobó aterrorizado que el espejo le devolvía la imagen ¡de un chimpancé!

El chimpancé, –eso le pareció al menos—, le había dedicado una sonrisa sardónica.

No se reconocía en ella.

Apartó la mirada un instante. Volvería a intentarlo. Esta vez se adelantaría al impostor.

Desplegó un amplio repertorio de muecas y contorsiones.
El chimpancé se las devolvió, —todo sea dicho—, con precisión milimétrica. Pedro se jactaba de ser un tipo duro, ¡pero esto era demasiado!

Durante un instante sintió la perentoria necesidad de lanzar un alarido descomunal, destinado a comunicar al universo su desaprobación y su descontento; la necesidad, igualmente perentoria, de castigar la ultrajante insolencia del espejo, reduciéndolo a polvo de vidrio.

Afortunadamente, en el último instante se impuso la cordura, que apostaba por una explicación racional.

–“Veamos: Quizá se deba a un bajo aporte de oxígeno a mi cerebro… O a las lentejas con chorizo del desayuno…No… Tiene… Sentido… ¿Pero qué estoy pensando? ¡Es ridículo… ¿Encantamiento?… No recuerdo deber dinero a nadie…”

Una voz interior tan oportuna como la voz de una madre le indicó que todo podía haber sido peor: podría haberse convertido en una odiosa cucaracha cuyo crujido al ser aplastada provoca asco y repugnancia. Recordó que eso era precisamente lo que le había ocurrido a un personaje de Kafka, y se consoló pensando que compartía el 97% de su material genético con el chimpancé. Había retrocedido involutivamente un período de 3,5 millones de años —algo inexplicable desde un punto de vista científico.

¿Qué debía hacer? ¿Evolucionar esos 3,5 millones de años en el tiempo de vida que le quedaba? ¿Sería capaz? Se lo sabía de memoria: Adopción de postura bípeda, aumento del volumen, capacidad, y número de circunvoluciones del córtex cerebral, oposición del pulgar a o otros dedos, uso de herramientas.

Se sintió abrumado.

No obstante, su código de honor evitaba meticulosamente términos como “rendición”, e intentó recomponerse. —“En la vida todo tiene solución” —se repitió mecánicamente: Caminaría, como las adolescentes que sueñan con convertirse en modelo, con un libro sobre la cabeza para corregir su postura; se hincharía a crucigramas y sudokus; respondería a las preguntas de su interlocutor con un “todo va bien”—con pulgar e índice formando un círculo—; seguiría un curso de bricolaje por correspondencia.

¿Y Laura? ¿Cómo presentarse en su casa de esa guisa? No podía faltar a la cita. Las mujeres odian ser plantadas. Para empeorar las cosas, dudaba mucho que Laura aceptara su metamorfosis como eximente. Laura, a pesar de su frágil apariencia física, se convertiría en un huracán de reproches —“¿Para qué has tenido que convertirte en chimpancé? ¿No teníamos ya bastantes problemas? ¡Qué egoísta eres!” etc, etc… Frases que, aun no exentas de razón, acabarían por desmoronar su ya frágil moral.

No es que Pedro se quejara del concepto en que le tenía Laura, no. Laura siempre presumía de novio a las amigas; —siempre les decía, orgullosa, que Pedro era muy “mono”; o que tenía “mono” de verle. Claro que no todo en su relación era de color de rosa, y en ocasiones ella le espetaba que no cumpliera en la cama, por “pelársela” más que un “mono”.

Ahora ciertamente no se sentía investido de la autoridad moral suficiente para rebatir sus palabras.

La mente de Pedro semejaba un tribunal atestado de público, morboso y ávido de emociones malsanas, donde fiscal y abogado defensor presentaban acaloradamente sus argumentaciones.

ABOGADO DEFENSOR: Señores del Jurado, la reputación de Laura no será menoscabada por frecuentar la compañía de un chimpancé; hoy en día se ve de todo y nadie se asusta de nada – y ella es un chica con personalidad.

FISCAL: Señoría, Laura tiene alergia a los ácaros. Le salen unos ronchones horribles, y es muy coqueta. Además, mírenles: Él, un chimpancé, ella, una beldad. Imposible, no funcionará.

ABOGADO DEFENSOR: Señoría, mi cliente está dispuesto a invertir una buena suma en sesiones depilatorias periódicas, así como en manicura y pedicura…

FISCAL: Le recuerdo a mi colega que las relaciones zoofílicas están penadas por la ley de Dios y de los hombres…

En este punto Pedro decidió prescindir mentalmente de los servicios del leguleyo, previo abono de sus honorarios, —ya tenía bastantes problemas. En lo más hondo de su corazón, sabía que esta vez no compartiría el problema con Laura. No tenía derecho a hacerle eso. Esta vez estaba solo en ésto. No volvería a ver a Laura hasta resolver este entuerto.

Si es que lograba hacerlo.

Abatido, encaminó sus pasos hacia el calor del hogar. Sintió una tristeza inmensa por su madre, por la pena y el dolor que sentiría al ver a su hijo hecho un chimpancé. Ella tenía otros sueños para él. Por otra parte, su madre no era muy animalera. Acabaría hartándose de que la ropa que lavaba y planchaba con tanto esmero acabara perdidita de pelos negros y recios como los de un cepillo.

Así las cosas, entró en una tienda de animales a comprar un collar antiparasitario. Tendría que hacerlo, más tarde o más temprano. Si no, su madre se pondría de muy malas pulgas. Afortunadamente, era tiempo de Carnaval, así que la dependienta no hizo preguntas, sino que, bien al contrario, le felicitó, sonriente, por el hiperrealismo de su disfraz. Pedro creyó pertinente corresponder a su amable cumplido con un gañido y una serie de contundentes golpes en el pecho.

Siempre había sido extremadamente estricto consigo mismo. Sin embargo, esto era diferente —se concedió con indulgencia. Su futuro era poco halagüeño. En el mejor de los casos, le esperaba un circo de segunda o el zoo; peor aún, ser conectado a una maraña interminable de cables y electrodos, en nombre del manido “progreso” humano —actividades, todas ellas, por las que no cotizaría ni percibiría emolumento alguno.

Ahogó una náusea. Una ansiedad indescriptible le llevó a sudar profusamente. Y por vez primera desde su metamorfosis, se permitió una pataleta infantil: ¡No quería ser un chimpancé! ¿Acaso le habían preguntado a él?

Nadie le culparía —pensó— si recurriera al alcohol. ¿No era lo protocolario en estos casos?

No pudo evitar que la figura —más antropomórfica que simiesca— de una etiqueta de anís “El Mono” se le colara, intrusa, por entre algún resquicio indefenso de su mente, y él negó con la cabeza, al tiempo que fruncía el ceño y esbozaba una mueca de desdén. Ciertamente, el vodka era más eficaz como ahoga penas. Cualquiera que fuera su elección, —reflexionó— no podría evitar que el posadero le sirviera cacahuetes a modo de aperitivo. Con una sonrisa de oreja a oreja. Por no hablar de que luego tendría que “dormir la mona”. Muy probablemente, entre rejas, por haber soltado un sopapo al posadero.

Ciertamente, no parecían quedarle muchas salidas.

Había oído hablar de una colonia de monos en Gibraltar. Ser un chimpancé en una colonia de monos constituía una ventaja evolutiva. Algo así como el tuerto en el país de los ciegos. Tentador. Pero no, él era un patriota. No estaba dispuesto a hacerles el juego a esos británicos.

Quedaba el regreso a la Madre África, de la que proveníamos todos. África siempre acoge a sus hijos, por muy pródigos que sean. Allí podría empezar de nuevo, ser uno más. Haría buenas migas con los de su especie. Y con su inteligencia, pronto se convertiría en su líder, les enseñaría trucos que acelerarían su evolución en millones de años. Lo había visto en una película. El planeta de los simios. Podía cambiar el curso de la historia, aunque se tratara de historia animal. Como primera medida, incitaría a la rebelión contra los cazadores furtivos, que diezmaban sus poblaciones en busca de una mano amputada a modo de trofeo o para traficar con especies protegidas. Y se dejaría mimar por los etólogos, que se pelearían por estudiar su comportamiento en su propio hábitat. Tratarían sus excrementos como pepitas de oro. Él les permitiría —haciéndose de nuevas, a modo de deferencia— que le enseñaran lenguajes de signos y le propusieran problemas, cuya resolución premiarían, a buen seguro, con una banana. El viejo truco del castigo- recompensa. Él les contestaría —en el lenguaje de signos que le habían enseñado— que prefería el plátano de Canarias.

¿Cómo llegaría hasta allí?

Trepar la valla que separa Melilla de Marruecos no supondría un problema, no iban a enseñarle a trepar vallas ahora que era un chimpancé; luego se descolgaría del lado marroquí. Evitaría las horas punta. Por otro lado, los atascos se formaban en sentido inverso, para pasar a España.

Otra posibilidad sería hacerse con una patera, —o en su defecto, un velomar— y recorrer la costa Occidental Africana, rumbo sur, hasta llegar a la latitud de las selvas del Congo. Le quedaba un buen trecho.

Inmerso en su mundo interior, fue sólo tras unos instantes que advirtió que había llegado a su bloque de viviendas. Decidió trepar por el canalillo del desagüe de la fachada. La noche era oscura como boca de lobo: su pelaje negro haría el resto. Era poco probable que le avistaran.

No se sentía con la fuerza moral de responder a las preguntas de sus inquisitivos y curiosos vecinos.

Entró por la ventana, que, gracias a su propio descuido, llevaba horas entreabierta. Con un poco de suerte, su madre se habría quedado dormida en el sofá.

No.

Le esperaba despierta, de pié, en el salón.

Olía a tortilla de patata.

Lágrimas en sus ojos.

—“Lo siento, mamá…”

—“¿A qué te refieres? He estado cortando cebollas…”

Sus palabras sonaban con la dulzura de música celestial, y la fiera que había en Pedro se dejó amansar por ellas.

—“Anda, hijo, tómate las pastillas… Llevas tres días sin hacerlo…”

A regañadientes, Pedro obedeció, dio un beso de buenas noches a su madre y se metió en el catre.

Mañana sería otro día.

autor: Jesús Revuelta

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Actualizado: 2 marzo, 2019 — 00:18

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