27 de Noviembre de 1.926

Es la fecha en que la Gaceta de Madrid (hoy Boletín Oficial del Estado) publicó en su página 1107 del número 331 un Real Decreto por el que se regula la composición del número de miembros de la Real Académica Española a instancias del Ministro de Instrucción pública y Bellas Artes Don Eduardo Calleja de la Cuesta y sancionado por Su Majestad el Rey Alfonso XIII.

En la exposición de motivos que argumentan del referido real decreto, figura en su primer párrafo el texto que dice: “El hecho de que se hablen y cultiven en el suelo de nuestra Patria, además de la castellana, otras lenguas, españolas también, aunque no sean “el español” por antonomasia, exige del Gobierno medidas que tiendan a fijar su pureza y conservación, pues sin menoscabo de la intangible unidad nacional, es innegable la gran importancia de su uso familiar y literario, ya que todas esas varias formas integran el acervo idiomático y el modo de expresión del pensar y el sentir de nuestra raza”.

Ya en ese primer párrafo se constata que existen otras lenguas españolas que son usadas en el territorio español además de la castellana y que merecen el respeto a ser utilizadas, veladas en su defensa y consideradas, y precisamente por eso el propio real decreto insta a crear unos espacios en el seno de la Real Academia de la Lengua que sirvan para garantizar el reconocimiento para qué, de forma conjunta, se pueda trabajar en di- fundir y apoyar eso de lenguas utilizadas en el territorio común de España. Para ello en su artículo 1o se dice: “La Real Academia Española se compondrá de cuarenta y dos Académicos numerarios, ocho de los cuales deberán haberse distinguido notablemente en el conocimiento o cultivo de las lenguas españolas distintas de la castellana distribuyéndose de este modo: dos para el idioma catalán, uno para el valenciano, uno para el mallorquín, dos para el gallego y dos para el vascuence”

Es indudable que lo que ya hace casi un siglo se constatara como el hecho de que se considerara el mallorquín como una lengua y que además tuviera el reconocimiento como lengua española al citar el castellano como otra de las lenguas que se hablaban y cultivaban en nuestro territorio patrio.

No es menos cierto que en la exposición de motivos se considera el mallorquín y el valenciano como unas variantes del catalán, pero por eso no se las excluye de su condición de lengua sino que simplemente reconoce sus propias raíces, y nadie puede argumentar en clave contraria ni tan siquiera discutir.

En un artículo anterior contaba las discusiones, muy argumentadas por las partes, sobre la necesidad de intercalar en nuestro Estatuto de Autonomía el signo ortográfico de una coma en la expresión “la lengua catalana propia de nuestra Comunidad”. Personalmente me identifico con que esa coma nunca debiera de haber existido porque como ya he citado literalmente en el primero de los párrafos del Real Decreto se dice que “es innegable la gran importancia de su uso familiar y literario” refiriéndose a las otras lenguas españolas distintas de la castellana. Y si eso es así, ¿por qué se sigue impartiendo en la enseñanza reglada a los alumnos la lengua catalana y no la mallorquina?

Es, a buen seguro, que para enseñar una lengua debe partirse de la existencia de una gramática que regule su buen conocimiento, y en nuestro caso esa gramática no existe reconocida con carácter oficial, aunque unas cuantas sí fueron redactadas por varios estudiosos de la materia. Voy a tomar una de ellas y en concreto la del Doctor en Derechos Don Juan José Amengual, abogado del Ilustre Colegio de Palma y publicada en el año de 1.835 por la Imprenta Real regentada por Don Juan Guasp y Pascual.

En su prólogo ya matiza que en su definición de la gramática considera que ésta es la reglada ante “el idioma articulado, y del escrito que es su expresión permanente; la prosodia, la analogía, la sintaxis y la ortografía son sus partes; la primera enseñando el sonido o pronuncia de la palabra, la segunda sus propiedades, la tercera su manera de unión para expresar la palabra interior con todas las modificaciones que ha recibido, y la cuarta además de la pronunciación, pintando los sentidos que de esta unión han resultado”.

Está meridianamente claro que una lengua precisa de una gramática que permita ordenar las palabras escritas y habladas con el fin de que cuenten en forma de oraciones los sentimientos y voluntades. Con posterioridad al año 1.835 se han publicado un par de textos gramaticales que ordenan la construcción de algunas expresiones.

¿Cual es el principal problema que se plantea en los niños de su etapa escolar? Pues que lo que se estudia obligatoriamente en los colegios es el catalán que se habla en Catalunya y que difiere bastante del que se emplea coloquialmente en los hogares mallorquines. Para un catalán, un gato en castellano se traduce por un “gat”, mientras que en mallorquín utilizamos otra expresión -que también reconoce el catalán pero en segundo término- y es la de “moix”. En cambio para los mallorquines un “gat” es un borracho en román paladino. Y como esta palabra, otras muchas están sometidas a la tiranía política de quienes se auto titulan filólogos de la lengua catalana. Hágase pues el esfuerzo de convertir en consecuente lo que los ciudadanos alcanzamos a hacerlo por un habitual. Una de las dos lenguas que cooficializan su uso es, sin coma alguna que prostituya su buen entender, “LA LENGUA CATALANA PROPIA DE LAS ISLAS BALEARES”. ¿Por qué hay gente que se empeña en cambiar el estilo de las expresiones que son común para el resto de los mortales. La asignatura del catalán a través de su enseñanza académica es una de las que más problemas plantea a los alumnos. Se obliga a utilizar una terminología que solo sirve para aprobar la asignatura, porque el uso de la lengua sigue y seguirá siendo la que se ha utilizado toda la vida a partir de que las huestes franco-catalanas enviaran a “purgar fum” a los súbditos del valí de Mallorca.

Recordemos una vez más lo que apunta el real decreto de 27 de Noviembre de 1.926 en su exposición de motivos sobre el uso de la lengua y que cito al iniciar este escrito: “…es innegable la gran importancia de su uso familiar y literario, ya que todas esas varias formas integran el acerbo idiomático y el modo de expresión del pensar y el sentir e n nuestra raza”. Es precisamente aquello de la prosodia, y ustedes ya me entienden

¡Ala i do! que diríamos en la lengua catalana propia de esta nuestra tierra.

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