Algo muy grave va a suceder en este pueblo, es el título de uno de los cuentos de Gabriel García Márquez

Foto: Yolanda Reyes y Gloria C. Álvarez A.

Cuando leí el cuento de Gloria Álvarez Arrieta, vino a mi mente el cuento de Gabo. Como una bola de nieve el presentimiento de una mujer influye en todo un pueblo. En el caso de El Pino, uno de los personajes siente con el mismo convencimiento el advenimiento de la tragedia. La intuición, el presagio, la premonición, el pálpito o los presentimientos pueden ser tan fuertes que han sido considerados en estudios científicos como “actividad anticipatoria anómala”

En El Pino, la ironía hace de las suyas para dar al cuento un desenlace poco esperado y en la trama la burocracia de los procesos gubernamentales asoma para ralentizar el drama de los implicados. Sin embargo, el problema más grave, puede volverse algo cotidiano cuando se pierde la capacidad de asombro, cuando la pérdida de vidas llega a formar parte de una estadística cualquiera. Los invito a leer el cuento de Gloria Cecilia Álvarez Arrieta, Licenciada en Español y Literatura de la Corporación Universitaria del Caribe (Colombia).

EL PINO

  Gloria Álvarez Arrieta

—El peligro está ahí, la mala hora está acechando.   —dijo Julio señalando al pino que se encontraba en la entrada del jardín de la casa del médico Esteban.

—No pensemos en eso, no va a suceder nada. —respondió el doctor acercándose y dándole una palmada en el hombro.

— ¡Pero el pino es viejo y ya tocó las redes eléctricas! —dijo el vecino en voz alta.

—Julio, ya fui y entregué la solicitud. —replicó Esteban. 

—Sí, pero lo único que han hecho ha sido podarlo… El árbol cada día está más alto, lo estimula la corriente. 

—Pero usted sabe que para talar un árbol eso no es así   —Levantó la mirada hacía Julio, asintiendo con la cabeza—, ellos tienen que emitir una resolución.

— ¡Pendejadas y qué cuentos, cualquier aguacero va a desplomar esa mierda!

El fogoso diálogo se convirtió en la nueva rutina entre Esteban y Julio. Sobre todo porque acostumbraban a tomar el café, frente a la jardinera de la terraza del doctor. Una amistad que no prometía nada, muy parecidas a las de hoy.  Al inicio de la devoción, era un estricto rigor mínimo de cortesía, pero con el tiempo, poco a poco fueron dejando los antifaces del protocolo y los escenarios se tornaron en un altar de confesionarios. Los secretos, las risas, los disgustos, los chistes, no faltaron el deporte, la literatura y la música.

 Imagine de John Lennon, fue el álbum que le obsequió Julio a su vecino, después de muchas tertulias sobre The Beatles. Parecían proyectar una relación de esas de radionovela, de cuentos de hadas, y remembrar aquellas épocas ingenuas, “Me recuerdan la historia de David y Jonatán”. —Dijo la esposa del médico— La mujer, algunas veces se integraba a las tertulias, sobre todo a opinar de literatura y música. Ella era la encargada de llevarles el tinto cada mañana.

El pino (araucaria) estaba ahí, frente a ellos y era testigo de las pláticas que día a día se enhebraban. Julio, en una de esas tertulias, observó que la cima del pino tocaba las redes eléctricas.  Al principio, la conversación sobre el pino parecía parte de la rutina, pero a medida que las ramas del pino crecían y se entrelazaban con las redes, la charla se entrelazaba en pequeños giros violentos. Aunque Esteban procuraba mantener la calma, Julio advertía que él iba a ser la víctima. Y dado que él se había obsesionado con el repentino crecimiento del pino, las charlas giraban en torno a una tragedia.

— ¡El pino se va a desplomar sobre mi casa, maldita sea!  —decía.

—Ya lo hice, vecino –dijo Esteban—, también reporté la situación al 123.

Pero Julio sólo veía la desgracia. El médico en algunos momentos trató de salvar la sentida compañía, preguntándole con astucia por Marcos.  Marcos era la condensación de su orgullo, era su unigénito y estudiaba medicina.  Y ese día, Julio estaba casi fuera de control.  

— ¿Y Marcos, ya regresó de la universidad?  —Preguntó el médico— ¿Cuándo se regresa?  Pero al querer Esteban redirigir la charla, Julio reflejó el desgaste de la misma. “Cuando tenga que regresar”. La mujer que tomaba café mientras leía un libro, extendió la invitación desde el pasillo de la cocina.

— Amor, ven está el café. ¡Señor Julio tome el suyo! —Pero, Julio no parecía el mismo. —Ya lo tomé. —Dijo desde la entrada de las rejas —, también voy de salida. — Dio la vuelta y se fue. La mujer no le dio importancia, siguió sirviendo el café como si siempre lo hubiera esperado.

—Hace calor, parece que va a llover, pero no veo nubes. —dijo ella.

— ¿Y el cigarrillo? —Preguntó Esteban yendo de regreso a la casa. Se acomoda en el sofá. Enciende la música.  Mira hacia el jardín y trata de seguir la melodía —

 “Imagine there’s no Heaven,

   It’s easy if you try,  

  And no Hell below us…”

—Solo café. El cigarrillo es historia. —dijo ella.

—Mujer, eso es mejor que ese olor en la garganta a podredumbre de la morgue —dijo él mientras seguía la melodía—:

“ …  Imagine all the people

   Living life in peace

— ¡Parece un sueño!  —dijo ella.

— ¿Qué cosa, lo del cigarrillo o la canción?  —preguntó él.

—Tómalo como quieras. —respondió.

Esteban saca el cigarrillo de la caja que ocultaba debajo del almohadón del sofá y lo enciende. Toma café y susurra la canción hasta el final. “Es lo único que me desintoxica del cigarrillo y de los muertos”.

—Ya lo sabía.  — dijo la mujer mientras pasaba la página.

— ¿Qué cosa, mujer? —preguntó él.

—Lo del cigarrillo y los muertos. ¿Cuántos van? —pregunta ella.

—Apenas es martes y van ocho. Se incorpora y le entrega la taza de café.

— ¿Y el pino?

— Sí, voy por la respuesta de la solicitud para la tala del árbol, pero primero voy a la morgue. Anoche fueron tres. —El silencio lo acompañó hasta la puerta, mientras la mujer lo miró salir.

Luego después de salir de la morgue, el médico se encuentra detrás del mostrador. 

—Señorita, hace ocho días radiqué la solicitud para una tala, ¿qué respuestas me tienen?

La joven revisa la copia y busca en un libro.

—Señor tiene que esperar ocho días más. Su solicitud apenas llegó a archivo para abrir folder del caso.  —Dijo la recepcionista, mientras habla por teléfono. Esteban explicó la situación del pino.

—Lo siento. Tiene que esperar que la solicitud suba y envíen al técnico a valorar. Venga por la respuesta aproximadamente dentro de quince días. —dijo mientras sostenía el teléfono. Esteban la vio igual que cada una de las paredes de aquella oficina; impenetrables, sordas e indiferentes.

El cielo se había nublado, así como estaba la situación del pino. Sin un horizonte claro o un camino por donde avanzar. Toda la noche serenó y durante las dos siguientes semanas. Caía agua torrencialmente, sin descanso, sin parar, así como no paraban las actas de defunción.

—Anoche fueron cuatro —dijo—, mañana hay otra caminata por la vida.

— ¡Pero los muertos siguen, caen y caen!  Todavía me acuerdo de la caminata del profesor de física y del párroco de la Divina Fátima. —dijo la mujer mientras pasaba otra página del libro. 

—La policía ofreció recompensa.  —dijo él.

— Lo único que sé es que llueve agua, llueven muertos, llueven caminatas ¡Es lo único que veo! —Esteban le entrega la taza de café—, ¿Y el pino? —pregunta ella.

—Hoy me deben de resolver lo del técnico. —respondió.

Terminadas de firmar las cuatro actas de defunción en la morgue, Esteban nuevamente detrás del mostrador. La secretaria le contó que ya se le había asignado un técnico. “Durante los siguientes ocho días, debe ir a valorar el pino”.  Esteban sólo sintió que pronto acabaría este paseo de ida y venida.

Esteban y la mujer estuvieron ansiosos, las lluvias y los vientos golpearon con fuerza al árbol de cinco metros y éste se hendió. La fisura se presentó un poco más debajo de la mitad y el pino se había inclinado hacia la casa de ellos. —Ahora entraremos en la lista de los muertos nosotros.  —Dijo ella, tomando un sorbo del café—.

“No digas eso mujer. Sólo falta la valoración del técnico y listo”, dijo apagando el cigarrillo en el tintero. Se incorporó y salió. La mujer siguió leyendo el libro.

El técnico realizó la visita, observó y detalló cada parte del tallo del árbol.  — Señor ese pino es un peligro, se hendió y está inclinado. —dijo ella tratando de acelerar el proceso.

—Disculpe señora, hay que hacer otras revisiones, mirar así como la ley lo expresa. Dar la orden para talar un árbol eso no es así. Estamos hablando de quitarle la vida a un árbol… ¿Me entendió? —dijo mientras la miraba—. La ley establece solo dos razones para la tala de árboles ornamentales. Si el pino cumple con los requisitos se tala, si no, entonces no. —dijo mientras organizaba la cámara.

— ¿Y los resultados cuando los podemos saber? —Preguntó ella—. 

 —Después del concepto técnico de la visita realizada, se traslada a Oficina Asesora Jurídica, para la expedición de resolución, mediante la cual se otorga o niega la autorización solicitada —dijo—, y se establecen las compensaciones a que haya lugar para el caso de las talas autorizadas. Es decir, que habrá respuesta aproximadamente dentro de unos quince días. La mujer escuchó detalladamente. Firmó los papeles y entró. 

El sol calentó el resto del día. El calor parecía como en las épocas de verano, no había donde refrescarse. En la noche no se vislumbraba la luna ni las estrellas, solo unas gruesas nubes negras. El viento trajo una brisa fría con olor a humedad. Al amanecer una tromba los visitó. Rayos centelleaban en el cielo. Los árboles eran destrozados por la fuerza de los vientos.

— ¡Se nos viene ese pino! —dijo él mirando por el vidrio de la ventana. El viento soplaba con fuerza y los árboles rugían. Esteban estaba horrorizado al ver al pino ondearse como una bandera.

 –— ¡Ese pino parece que va a colapsar! —Se colocó las manos sobre su cabeza.

— ¿Y qué queda? Seríamos dos muertos más que hay que sumarle a la cuenta de hoy. 

—Dijo ella. Se acomodó nuevamente en la cama.

—Ven a mi lado, mientras pasa la tormenta.

En la mañana, los estragos se hicieron ver. Julio había elaborado una carta declarando que el pino era riesgo para toda la comunidad. —Las ramas entrelazadas en las redes pueden ocasionar daños físicos y materiales.  —decía él.

Julio recogió, casa por casa, las firmas de todos los vecinos. “Esteban voy a entregar esta solicitud y lo respaldan todos”.  —dijo en la puerta de las rejas. Dio la vuelta y se marchó. Esteban no dijo una palabra. Tomó el café y salió a la morgue. Ese día firmó cinco actas de defunción, entre ellos dos niñas asesinadas.

Las lluvias seguían, el pino se inclinaba más y más, la humedad permitía que el terreno y la corteza del pino cedieran. Parecía que las redes eléctricas sostenían al árbol. Esteban no dormía, estaba angustiado. Pensaba en que quizás la resolución no iba a llegar a tiempo. 

 —Duerme Esteban, nada puedes hacer.  —dijo ella. 

Pero más aterrado quedó el médico cuando le tocó firmar el acta de defunción de Marcos. Marcos el hijo de Julio, su unigénito.

 — ¿Y quién lo hizo, amor? —preguntó ella.

—No se sabe, solo sé que sus sesos quedaron como puré de papas pegados en la pared y que le quitaron el celular —respondió el. Un silencio seco llenó la casa. Ella empezó a vestirse. Él se sentó en el sofá.

—Hay una marcha por la vida esta tarde.  ¿Vas a ir?  —preguntó él.

 —No, la seguiré por Facebook   —dijo ella. Se acomodó el vestido.

 — ¿Y porque no vas? —preguntó el. 

—Ya para qué, ¿qué nos ha quedado?  —Respondió—, Te digo lo que dice el escritor Fernando Vallejo:“Pero lo único que cuenta es la muerte propia, la individual, la otra no nos importa; después de mí, el diluvio”.  —Se acomodó su bolso, lo agarró por la mano y salieron por el pasillo.

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